La gran locura griega

Artículo publicado por José Alberto León Alonso en El Día el 05/07/15.

Hace apenas dos semanas me preguntaban cómo pensaba que acabarían las negociaciones entre Grecia y las Instituciones (antes Troika), y respondía que creía que alcanzarían un acuerdo, pues era lo razonable, dado que ambos saldrían beneficiados del acuerdo y a ambos perjudicaría el desacuerdo. Pero a continuación apostillaba, “pero, eso sí, el gobierno griego tiene un punto de locura que puede tirarlo todo por la borda”. Pues parece que ese punto de locura finalmente ha prevalecido y llevado a su país al borde mismo del abismo.

Su Presidente, Tsipras, en un gesto de enorme cobardía política ha decidido utilizar a su pueblo como escudo y parapetarse tras él convocando un referéndum, debido a las dificultades de vender en casa que lo prometido durante la campaña electoral (el fin del ajuste) iba a quedar en agua de borrajas. Lo hizo con el apoyo de su partido, el de los ultranacionalistas y el de los neonazis. Menudos compañeros de viaje. No es que los referendos sean malos, pero tienen que postular una pregunta clara que la gente corriente pueda entender, y la pregunta del referéndum remite a un complejísimo texto sembrado de detalles técnicos que la inmensa mayoría de los griegos no podrá entender. Si a eso le añadimos que esa propuesta ya ha sido retirada, resulta que a los griegos se les pregunta su opinión sobre una propuesta que no entienden y que ya no existe. Menudo disparate. 

En realidad el gobierno griego no tiene interés alguno en conocer lo que su pueblo piensa de las negociaciones con la UE, sino que pretende salvar su cabeza. Pretende que le saquen del callejón sin salida en el que se ha metido. De ahí el caos de mensajes contradictorios y esquizofrénica conducta a la que se ha dedicado Tsipras durante los últimos días, mostrándose dispuesto un día a aceptar casi todas las medidas de la Troika, y calificándolas de chantaje unas horas más tarde. Toda la ceremonia de confusión que se ha desatado desde que rompiera las negociaciones convocando el referéndum no es sino una maniobra para endosar al pueblo griego su propio fracaso, haciéndole responsable de una decisión que puede hundir a los griegos en la más absoluta miseria.

Lo peor del asunto es que las negociaciones estaban cerca del acuerdo y las discrepancias eran mínimas, pero para el gobierno griego han primado más sus intereses electorales que los de su pueblo. Su estrategia negociadora era exigir un rescate para dejar de amenazar con su suicidio y la debacle en Europa. Pero Grecia ya no representa una amenaza seria para el resto de Europa. La mala noticia es que Tsipras no se ha enterado. Parece creer sinceramente que Europa necesita a Grecia tan desesperadamente como ésta a Europa, y no es así. La nueva capacidad del Banco Central Europeo (BCE) de emitir dinero como respaldo a bancos y gobiernos ha reducido a la insignificancia el peligro de un contagio griego. Su programa de compra de bonos soberanos ha hecho que el BCE pase de ser un observador pasivo de la crisis del euro a un prestamista adecuado de último recurso, de modo que el BCE puede garantizar que la eurozona no sufra contagios financieros. 

¿Qué ocurrirá ahora? Suceda lo que suceda con el referéndum, los controles de capitales en Grecia han llegado para quedarse. Una vez impuesto el corralito será difícil levantarlo, pues los bancos griegos seguirán dependiendo de la posibilidad de un acuerdo y éste no será rápido, y los griegos correrían a sacar todo su dinero de los bancos en cuanto se levantasen los controles de capital. 

Si gana el “no”, el BCE dejará de suministrar liquidez y el corralito se endurecerá y, pese a ello, algunos bancos quebrarán. Los ahorradores perderán parte de sus depósitos, pues ni los demás bancos ni el estado griego podrán garantizarlos. Sin euros en el país, sin crédito que otorgar, muchas empresas empezarán a caer, y los pensionistas y empleados públicos dejarán de cobrar. Al gobierno griego no le quedará otra que salir del euro (y de la UE) y crear una nueva moneda; o mantenerse nominalmente en el euro (y en la UE) emitiendo pagarés que se convertirían, de hecho, en una segunda moneda que se devaluaría no menos de un 50% respecto al euro. Así que a todo lo anterior, se le añadiría una inflación galopante. 

El “sí” no es mucho más halagüeño. El país se sumiría por un tiempo en el vacío político, pues lo normal sería que se celebrasen de nuevo elecciones con un resultado muy incierto. Es probable que durante ese tiempo el BCE mantuviera la asistencia financiera, pero, dada la falta de confianza imperante, se limitaría a evitar la quiebra de los bancos, no el corralito. Y suscribir un nuevo programa de rescate llevará su tiempo. La situación económica se ha deteriorado tan drásticamente, que los cálculos anteriores ya no sirven. Y finalmente, ese nuevo rescate debería ser aprobado por al menos seis parlamentos europeos, y el circo montado por los dirigentes griegos esta semana no lo pondrá nada fácil. El problema ya no es el referéndum, es que la mínima confianza necesaria para negociar se ha roto y no será fácil recomponerla. 

Syriza ha llevado a su país con su incompetencia negociadora a caer en el abismo. Podría haber cerrado un acuerdo ventajoso hace meses, pero con su estrategia va a convertir a Grecia en un estado fallido y en el segundo país desarrollado de la historia (tras Argentina) que retrocede al estado de “en vías de desarrollo”. Los experimentos en economía acaban siempre en pobreza. Creo que Tsipras acabará sacando a Grecia del euro y de la UE. Tras un breve periodo de tensión en los mercados, será una buena noticia para Europa y para España porque supondrá un catalizador para acelerar la integración económica, financiera y fiscal de la eurozona, con mutualización de la deuda soberana incluida. Si es así, la tragedia griega será finalmente positiva para Europa. Para los griegos será un desastre. Es lo que ocurre cuando eliges como Presidente a un predicador loco.