¿SE PUEDE PREDECIR EL COMPORTAMIENTO DE UNA ACCIÓN?

Artículo publicado el 20/10/13 en Diario de Avisos por José Alberto León Alonso.

¿Qué determina el precio de una acción? ¿Se puede predecir su rendimiento y comportamiento? El Premio Nobel de Economía 2013 galardona a Fama, Shiller y Hansen, por intentar responder a estas preguntas y, en general, a las relacionadas con la predicción de los precios futuros de cualquier activo.

Un mercado funciona adecuadamente si la evolución de los precios no es predecible. De otra forma, se podría prever que un determinado activo va a ver incrementado su valor y los inversores lo adquirirían ahora con el objetivo de obtener un beneficio futuro. Pero estas compras harían subir, en el presente, su precio volviéndolo poco atractivo. Así pues, un mercado funciona correctamente únicamente cuando los precios asimilan rápidamente toda nueva información sobre los activos. En 1970 Eugene Fama, el primer galardonado con el Nobel, mostró que predecir los precios de las acciones basándose en la evolución de los precios del día anterior no era posible, tal y como debía esperarse de un mercado de valores que funcionase bien. Elaboró una teoría en torno a esta idea y la denominó la Hipótesis de los Mercados Eficientes (en inglés Efficient Market Hypothesis, EMH). Los precios de las acciones recogen toda la información disponible, y toda nueva información se refleja en los precios de forma inmediata, de modo que éstos siguen una evolución errática e impredecible. El corolario de esta teoría es que la mejor forma de invertir en bolsa es hacerlo en fondos indexados, que diversifican el riesgo, y no en supuestos gestores profesionales, porque no se puede superar al mercado ya que no hay previsiones fiables. De acuerdo con esta teoría un mono con los ojos vendados lanzando dardos en las páginas financieras de un periódico podría seleccionar una cartera tan buena como los mejores expertos y, como demuestran diversos experimentos, eso es precisamente lo que sucede en la realidad. Burton Gordon lo experimentó en 1973 y la cartera “del mono” superó al 85% de los fondos. El Wall Street Journal continuó con el experimento durante 15 años y la cartera de inversiones seleccionada aleatoriamente superó al 61% de los fondos.

Los siguientes cuarenta años los estudiosos se han dedicado a analizar la EMH para determinar su validez para concluir que a corto plazo no hay predictibilidad posible, de modo que es posible afirmar que los mercados son eficientes, pero en cambio a largo plazo no ocurre lo mismo. Esta hipótesis no explica la formación de burbujas. En los años ochenta, Shiller, el segundo galardonado con el Nobel, mostró que se puede establecer una sencilla regla de inversión con la que es muy probable ganar dinero. Así, un inversor que venda aquellas de sus acciones en las que el ratio resultante de dividir su valor (descontado su riesgo) entre sus dividendos sea alto, y compre otras en las que ese ratio sea bajo superará al mercado, porque las acciones cuyo precio han crecido mucho este año es probable que no lo hagan tanto en los próximos, ya que los precios de las acciones fluctúan mucho más de lo racional. Si es así, ¿por qué a largo plazo los inversores no invierten en los valores baratos tal como sucede a corto plazo y hacen subir su precio?

La respuesta es que los inversores se comportan irracionalmente durante las burbujas y las depresiones del ciclo económico, pues siguen un comportamiento en rebaño o manada. Para Shiller las decisiones de las personas sobre la inversión responden más a factores emocionales o intuitivos que a un comportamiento racional. Shiller aseguraba ser capaz de detectar burbujas o valores infravalorados, contradiciendo la hipótesis de eficiencia de los mercados, lo que respondería a la psicología colectiva, donde la confianza o el miedo jugarían un papel fundamental en la fijación de los precios, dando lugar a fluctuaciones cíclicas más allá de lo racional. Decía Shiller que la EMH asumía que todo el mundo era brillante y eficiente todo el tiempo, y que eso no era cierto. En ocasiones los inversores experimentan periodos de “exuberancia irracional”, lo que explica las burbujas. Precisamente en su libro “Exuberancia Irracional”, publicado en el año 2000, Shiller detectaba señales de que los precios de la vivienda en Estados Unidos habían crecido por encima de lo debido, lo que acabaría corrigiéndose con el tiempo. Y acertó. Sesgos psicológicos como el hecho de la gente recuerda más los precios recientes que los antiguos son el combustible de las burbujas en la vivienda. Por eso se extienden pensamientos tan absurdos como el de que “los precios de la vivienda no bajan” y se compran inmuebles a cualquier precio, por alto que sea.

Entre el corto y el largo plazo suceden muchas cosas que no son irrelevantes y que están inundadas de incertidumbre, circunstancias para las que los modelos de valoración de Hansen, el tercer galardonado, son de un valor incuestionable. Sus modelos, más sencillos que los dominantes hasta la época pero tan eficaces o más que éstos, han demostrado la veracidad de las conclusiones de Shiller y proporcionan el aparataje estadístico imprescindible para comprobar la verosimilitud de éstas y otras teorías.

¿Qué conclusiones puede el pequeño inversor sacar de todo esto? En 2006, Nitzsche, Cuthbertson y O’Sullivan recopilaron la bibliografía existente sobre la rentabilidad de los fondos de inversión en Estados Unidos e Inglaterra, y concluyeron que menos de un 5% de los fondos de inversión en renta variable tenían una rentabilidad superior a los índices bursátiles, y que no parecía que la gestión activa mejorase la rentabilidad de los fondos. Así que el corolario de la teoría de Fama, “invierte en fondos indexados”, parece una buena recomendación para el pequeño inversor. Son pocos los que baten al mercado de forma consistente, aunque es evidente que hay personas con una habilidad especial para ello. Lo que sucede es que esas personas se dedican a grandes patrimonios. Warren Buffett, un habilidoso inversor cuyo éxito lo ha convertido en multimillonario, dijo una vez que “cuando el inversor ignorante reconoce sus limitaciones, y actúa en consecuencia indexando sus inversiones, deja de ser un ignorante”. Así que para el pequeño inversor, no hay duda. Diga lo que diga el asesor financiero del banco sobre el último y milagroso producto financiero, no hay que hacerle caso. Diversifique el riesgo invirtiendo en fondos cotizados ETF que replican los índices bursátiles (IBEX35, Eurostock, DAX, S&P, etc.) y de todos ellos en el que tenga menores comisiones. Aplicando una estrategia de gestión pasiva a largo plazo y aceptando que la rentabilidad será la que dé el mercado lo hará mejor que el 95% de los expertos gestores. Eso mientras no se produzcan episodios de exuberancia irracional, porque burbujas como meigas “haberlas, las hay”, así que si detecta alguna utilizando la metodología de Shiller… ¡venda!