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Nubarrones en el horizonte

28-06-2018

Artículo publicado por José Alberto León Alonso en el número de julio de 2018 de La Gaveta Económica.

No dejan de acumularse durante los últimos meses indicadores adelantados negativos que presagian nubarrones en el horizonte.

A nivel internacional, la incipiente guerra comercial entre Estados Unidos y el resto del mundo que está comenzando a desatarse ocasionará problemas para el crecimiento económico mundial. Si algo está claro en la teoría económica es que el proteccionismo no trae más que beneficios a corto plazo para los sectores protegidos y perjuicios a corto, medio y largo plazo para el resto de sectores y para el conjunto de la economía y el empleo. Una de las escasas diferencias entre la depresión de los años 30 y la Gran Recesión del 2008 es que en ésta última los gobiernos al menos habían evitado entrar en una dinámica de guerras comerciales que profundizaron y alargaron aún más la economía mundial durante los años treinta. Y en esto llegó Trump y decidió iniciar las hostilidades comerciales, y eso que la economía americana disfrutaba de una tasa de desempleo por debajo del 4% y de un largo periodo de prosperidad. El resultado será una escalada de represalias del resto de países hacia Estados Unidos que solo terminará cuando el actual inquilino de la Casa Blanca entre en razón, lo que conociendo al personaje puede ser nunca, o abandone la poltrona presidencial, lo que ocurrirá en 2020 como muy pronto. Mientras tanto, el crecimiento económico mundial se resentirá, y el empleo con él.

El precio del petróleo tampoco acompaña, y parece estabilizarse entre los 75$ y los 80$ por barril, lo que para una economía fuertemente dependiente del crudo como la española supone un lastre. Su impacto comenzará a notarse a partir del tercer trimestre del año, pero si uno de los “vientos de cola” para la economía española había sido la caída del precio del petróleo, ese viento ha rolado y ahora golpea de frente.

El otro factor externo impulsor de nuestro crecimiento, la política monetaria expansiva, también está cambiando de signo. Las condiciones financieras globales se están tensionando por la salida de los bancos centrales y las subidas de los tipos de interés de largo plazo. La retirada de los estímulos por parte de los bancos centrales dejará a los mercados más expuestos a cualquier choque, y la fuerte volatilidad en los mercados de valores indica que los inversores comienzan a descontar que la época de dinero abundante y barato está llegando a su fin, y augura turbulencias financieras que nunca se sabe cómo podrían acabar.

Si esas turbulencias financieras acabarán afectando de nuevo al euro se verá con el tiempo, pero la llegada al poder en Italia de una coalición populista aumenta exponencialmente las probabilidades de que acabe siendo así. Desde 2011 hasta ahora el colchón de seguridad de las compras de deuda soberana por parte del Banco Central Europeo (BCE) ha funcionado como amortiguador de tensiones para la financiación de los déficits públicos de los países del sur de Europa. Pero con un gobierno en Italia insumiso al cumplimiento de una mínima disciplina presupuestaria los incentivos para que la compra de deuda por parte del BCE se mantenga son nulos, y no hay que olvidar que el BCE posee ya más del 20% de la deuda soberana española y adquiere actualmente la tercera parte de la deuda que emitimos. En cuanto deje de hacerlo, lo menos malo que ocurrirá será que el coste de financiación de nuestro déficit aumentará sustancialmente, lo que nos obligará a dedicar más recursos al pago de la deuda. Pero en el peor de los casos, si la desconfianza en Italia se desboca y el BCE no acude como apagafuegos, se podrían repetir los problemas de financiación de nuestra deuda pública sufridos entre 2010 y 2011.

En España, otros indicadores adelantados señalan el final de la bonanza económica. Las ventas del comercio al por menor están a punto de entrar en crecimiento negativo en tasa interanual, el turismo ya no es el motor del crecimiento, y la industria comienza a desacelerar su empuje. No hay que olvidar que la economía española no hace ni una sola reforma estructural desde 2015, y ha desaprovechado los años de bonanza vividos para alcanzar el equilibrio presupuestario, mejorar la productividad del trabajo, acabar con la dualidad y temporalidad en el empleo, o resolver la sostenibilidad del sistema de pensiones, por solo citar los problemas más acuciantes a los que no se ha hecho frente durante los tres últimos años. 

Llevo tiempo diciendo que una economía que crece en torno al tres por ciento durante años y es incapaz de alcanzar el equilibrio presupuestario en las finanzas públicas está incapacitada para hacer frente a la más mínima contrariedad del entorno económico. Con una deuda pública superior el 100% del PIB en España, un nivel que no se veía en nuestro país desde 1909, si el coste de la financiación de la deuda se eleva del 1,5% actual no ya a cifras insostenibles del 6%-7% como en 2011, sino a guarismos perfectamente razonables del 3,5%-4%, nuestra capacidad de crecimiento y creación de empleo se verá seriamente afectada. Lo cierto es que en condiciones de financiación normales ningún país ha sido capaz de reducir de forma relevante y permanente su endeudamiento sin reestructuración o impago después de haber alcanzado el 100% del PIB, ya que esa enorme deuda obliga a destinar un porcentaje importante de los ingresos tributarios a pagar sus intereses. La compra de deuda soberana por parte del BCE, que ha venido reduciendo nuestro pago por intereses hasta un nivel digerible, abrió para España una pequeña ventana de oportunidad para librar a las próximas generaciones de una carga insoportable, oportunidad que se ha dilapidado y que, me temo, ha pasado para no volver jamás. 

Una economía con un déficit del 3% del PIB cuando ha crecido tres años al 3% es una economía que vive por encima de sus posibilidades. En un entorno internacional favorable, la inacción no tiene graves consecuencias, pero en cuanto cambia el viento los problemas irresueltos salen a la superficie y se hace preciso tomar medidas complicadas y, casi siempre, impopulares. Dudo que el nuevo gobierno esté en disposición de poder (ni querer) tomarlas, pero no lo quedará más remedio que intentar capear el temporal. Eligió un mal momento para hacerse con los mandos del barco.

 

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